Cuento – EL CERCO AZUL

Frente a mi casa hay un tupido cerco de enredaderas. Y todas las mañanas amanece azul, como si un trozo de cielo, durante la noche, se hubiera desmenuzado sobre él. Muy temprano, apenas me levanto, corro a abrir la ventana de mi cuarto para mirar el hermoso cerco azul. Debe ocultar muchos nidos porque son muchos los gorriones que entran, salen, y se agitan chillando entre el verde laberinto de sus tallos. A veces los chicos del barrio arrancan puñados de sus bellas flores y se las ponen en las gorras mugrientas. Es como si llevaran penachos de cielo sobre la sucia cabeza. Pero las tiran en seguida. Ayer vi que el lechero, al pasar, pegó al cerco con el látigo y la vereda quedó cubierta de campanillas mutiladas. Yo sentí una indignación profunda ante ese inconsciente y torpe acto de maldad. Creo que mirando ese cerco, ya tengo un diario motivo de alegría para todo el verano. No sé por qué, me serena verlo tan lleno de viva y sana belleza. Y creo que me da una constante lección de optimismo floreciendo sin tasa, cubriéndose mañana a mañana con sus campanillas azules, a pesar de la avidez inconstante de los muchachos del barrio y de la crueldad torpe del lechero que, al pasar, le pega con el látigo.

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Cuento – ÁNGEL PINTADO

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Entonces yo debía tener entre once y doce años. No lo recuerdo, pero tendría también una tez de raso y un fresco color de rosas en las mejillas.
Amaba las bellezas de las tarjetas postales, tan de moda entonces. Un día aparecí en la escuela rigurosamente pintada con un diluido de carmín con que mi mamá decoraba ciertas flores de sus postres caseros, con el pelo de la frente con un impecable rizado negroide, los zapatos de grandes tacones de mi hermana y, bajo los ojos, anchas ojeras a carbón de una caja de lápices, también de mi hermana que entonces aprendía dibujo.
No sé cómo burlé la vigilancia doméstica, ni cómo pude cruzar el pueblo tranquila en esa estampa. Recuerdo sí el espantoso silencio que se hizo a mi paso por el salón de clases, y la mirada enloquecida y desesperada con que me recibió la maestra. Recuerdo también, como si hubiera sido ayer, su voz enronquecida al decirme:
– Ven acá, Juanita.
Entre desconfiada y orgullosa, avancé hacia su mesa. Y otra vez su voz ronca:
– ¿Te has mirado al espejo, Juanita?
Hice que sí con la cabeza.
– ¿Te encuentras muy bonita así?
– Yo ….. sí ……
– ¿Y te duelen los pies?
¡Ay, cómo ella lo adivinaba todo! Yo hubiera dado en aquel momento un cielo por un par de zapatos viejos. Pero era un ángel altivo y contesté con entereza:
– Ni un poquito.
– Está bien. Vete a tu sitio. A la salida, iré contigo a tu casa.
Durante la tarde, oí de mis compañeros toda clase de juicios, advertencias y consejos, en general, leales. Sólo estuvieron contra mí las dos niñas modelo. Empecé entonces a conocer la dureza feroz de los perfectos.
No sé qué hablaron mi maestra con mi madre. En mi casa no estalló ningún polvorín, no se me privó de mi plato de dulce , nadie me hizo un reproche siquiera.
Sólo me dijo mi mamá después de comida:
– Juanita, no vayas a lavarte la cara.
Con asombro que llegaba al pasmo, pregunté apenas:
– ¿ No ?
– No, ni mañana tampoco.
– Ahora anda a dormir. Desabróchale el vestido, Feliciana.
Y fue mi madre quien me despertó al otro día, quién vigiló mis preparativos para la escuela, y quién, al salir, me llevó ante su gran armario de luna, y me dijo en un tono de voz absolutamente desconocido para mí:
– Vea mi hija, la cara de una niña que se atreve a pintarse a su edad.
(¡Dios de los universos! Aquella cara parecía un mapamundi. Y aquella chiquilla encaramada sobre un par de tacos torturantes, era la verdadera estampa de la herejía)
Me eché a llorar silenciosamente. Vi los ojos de mi madre llenos de lágrimas. Yo todavía no sabía de arrepentimientos y, desesperada, me dirigí hacia la calle, con mis libros y cuadernos en tal desorden que se me iban cayendo por el camino.
Fue mi santa Feliciana quién me alcanzó corriendo, casi a media cuadra, y allí mismo me pasó por la cara, sollozando, su delantal a cuadros y azules. Ya casi no le cabía yo en el regazo, pero volvió a casa conmigo a cuestas, y las dos abrazadas, lloramos desoladamente el final de mi primera coquetería.

El nido

Poema en voz: El nido de Juana de Ibarbourou por María Teresa Aviña

Mi cama fue un roble
y en sus ramas cantaban los pájaros.
Mi cama fue un roble 
y mordió la tormenta sus gajos.

Deslizo mis manos
por sus claros maderos pulidos,
y pienso que acaso toco el mismo tronco
donde estuvo aferrado algún nido.

Mi cama fue un roble.
Yo duermo en un árbol.
En un árbol amigo del agua,
del sol y la brisa, del cielo y el musgo,
de lagartos de ojuelos dorados
y de orugas de un verde esmeralda.

Yo duermo en un árbol.
¡Oh amada!, en un árbol dormimos.
Acaso por eso me parece el lecho
esta noche, blando y hondo cual nido.

Y en ti me acurruco como una avecilla
que busca el reparo de su compañera.
¡Que rezongue el viento, que gruña la lluvia!
Contigo en el nido, no sé lo que es miedo.

 

Cuento – EL CÁNTARO FRESCO!!!

Han traído para el almuerzo un ventrudo recipiente de barro lleno de agua recién sacada del pozo. Y es esta tan fría que, rezumando por todos los poros del cántaro, ha cubierto la rojiza superficie de un fresco manto húmedo. Atrechos el vapor acuoso es más espeso y forma gotas gruesas que caen sobre el mantel blanco.

En el comedor reina una penumbra dulce. por una rendija del postigo entra, tendiéndose de la parte superior de la ventana hasta el piso del centro de la habitación, como una tirante cinta amarilla, un rayo de sol que, en el suelo, se concentra simulando un ovillo de hilo dorado. A veces, al mover un ligero soplo de brisa de la cortina, el redondel de sol se mueve también, y Titanio, el pequeño terranova que hace rato lo observa, salta sobre él. Y ladra al ver que lo que él quizás supone un extraño insecto, se trepa como una mariposa burlona a su pata peluda.

De la cocina llega ruido de loza; del patio un chirriar confuso de cigarras. En espera del almuerzo empieza a invadirme la modorra de este cálido mediodía de diciembre. mi hijo, con esa sana hambruna de los seis años, pellizca un trozo de pan, sentado ya en su sillita, junto a la mesa, esperando la llegada del padre. mis agujas de tejer, la labor, el ovillo, han resbalado poco a poco de mi falda a la estera. yo apoyo mi mejilla en la fresca superficie húmeda del cántaro. Y esta fácil y sencilla felicidad me basta para llenar la hora presente.

SALVAJE

  Bebo del agua limpia y clara del arroyo
Y vago por los campos  teniendo por apoyo
Un gajo de algarrobo liso, fuerte y pulido
Que en sus ramas sostuvo la dulzura de un nido.

Así paso los días, morena y descuidada,
Sobre la suave alfombra de la grama aromada,
Comiendo de la carne jugosa de las fresas
O en busca de fragantes racimos de frambuesas.

Mi cuerpo está impregnado el aroma ardoroso
De los pastos maduros. Mi cabello sombroso
Esparce, al destrenzarlo, olor a sol y a heno,
A salvia, a yerbabuena  y a flores de centeno.

¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena,
Cual si fuera la diosa del trigo y de la avena!
¡Soy casta como Diana
Y huelo a hierba clara nacida en la mañana!

BAJO LA LLUVIA

¡Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda,
Y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve,

Y voy, senda adelante,
Con el alma ligera y la cara radiante,
Sin sentir, sin soñar,
Llena de la voluptuosidad de no pensar.

Un pájaro se baña
En una charca turbia. Mi presencia le extraña,
Se detiene… Me mira… Nos sentimos amigos…
¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!

Después es el asombro
De un labriego que pasa con su azada en el hombro.

Y la lluvia me cubre
De todas las fragancias que a los setos da octubre.

Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado,
Como un maravilloso y estupendo tocado
De gotas cristalinas, de flores deshojadas
Que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.

Y siento, en la vacuidad
Del cerebro sin sueños, la voluptuosidad
Del placer infinito, dulce y desconocido,
De un minuto de olvido.

Llueve, llueve, llueve,
Y tengo, en alma y carne, como un frescor de nieve.

FUSIÓN

Amor secreto, gracia esclarecida,
palor de luna en la apretada sombra;
dulce se hace el labio que te nombra
y albea de nuevo la agrisada vida.

Nos torna a dar la rosa ya vencida
ternura y mimo —vegetal paloma—
y anda en cielo y en mar, vuelo y aroma,
la cifra de la senda ya elegida.

Se ata en la sangre indestructible lazo
apretado en el sueño y el abrazo,
por tibio pulso y realizada suerte.

En sólo un cauce dos ardientes ríos.
En campo ya de los luceros fríos,
un solo ritmo y una sola muerte.